Déjame, dije, corre.
Lo abandoné en la mitad de la pista de aterrizaje,
porque nuestro vuelo había acabado antes de comenzar.
Pero vuelvo en ciclos
a sentir los olores que me quitan la angustia,
las aftas que me produce el alcohol o la angustia bajo la lengua.
Teníamos un plan,
polvo en la noche, lluvia en la mañana,
tomamos un bus y al cabo de veinte minutos cantabas canciones que me recordaban a ti estando tu al lado. Hoyos negros.
Caminar por un barrio ajeno en una ciudad ajena,
guapos, limpios, cigarros, zapatos, dos aros dorados yo, un aro plateado tu.
Como identificar la soledad cuando no existe, y desapareces entre cada túnel, cada canción?
Soy, en el fondo, pocas palabras.
Un inmigrante colombiano en el patio de comidas del mall de Rancagua.
Pero yo no comprendo la soledad,
las distancias que recorre la soledad y las felicidades que azota a su paso.
Finalmente soy, pocas palabras, un corte de pelo, egresado sin trabajo, arranco todos los días un poco, dibujo un poco, te toco un poco, despierto un poco,
y doblo la ciudad en mis bolsillos porque se que finalmente importará menos,
que me pondré todas las camisas blancas, negras, azules,
pero finalmente siempre volveré al rojo
y pintaré pequeñas manchas en mis uñas,
en mis labios, en los labios de todos los hombres,
para marcar el camino y recordar las advertencias.
Todas las mañanas son una pista de aterrizaje distinta, y buscar la salida correcta,
pasaje económico, vuelo turista, escala en Beijíng.

No hay comentarios:
Publicar un comentario